Tecnoteología
El discurso de la IA ya tiene dogmas, profetas y diezmo. Conviene mirar quién oficia y quién paga
Estamos llegando a un momento en el que el sector tecnológico deja de hablar de lo que hace y empieza a hablar de lo que cree. Mientras esperábamos el enésimo anuncio de un modelo más rápido, varios artículos han coincidido en señalar otra cosa. No los productos de la inteligencia artificial, sino su sustrato ideológico, de creencias. Y es que cuando los hombres más ricos del planeta empiezan a coincidir en una misma fe, lo prudente no es discutir el dogma. Es preguntar quién recauda en ese dogma.
The Guardian publica un retrato del credo transhumanista que une a buena parte de la élite de Silicon Valley en torno a una IA consciente destinada, literalmente, a conquistar el cosmos. Desde mi punto de vista no es una metáfora de inversor entusiasta. Es un programa de futuro. La idea de que la conciencia humana es un patrón replicable, que puede subirse a un servidor y expandirse por el universo cuando este planeta se quede pequeño. Suena a ciencia ficción de serie B, pero lo sostienen personas que mueven presupuestos de Estado. En el mismo medio encontramos otro texto a una conversación que crece en los mismos círculos, la de los hijos mentales, una descendencia virtual que aspira a desplazar la reproducción biológica. Trascender la muerte y trascender la carne.
Donde hay un credo, aparte de los fieles, suele haber también detractores o apóstatas. TechCrunch recoge esta semana el debate sobre la llamada psicosis de la IA, abierto por el fundador de Box, Aaron Levie, quien sugirió que los directivos tecnológicos son «uniquely prone to AI psychosis», singularmente propensos a ella. Su argumento no es que la herramienta enloquezca a nadie, sino algo más sibilino. Que los jefes están demasiado lejos de lo que él llama el último tramo del trabajo, ese donde la IA todavía tiene que demostrar que genera valor de verdad. Quien solo ve la diapositiva, dice Levie, aplaude la eficiencia sin pisar nunca las mesas donde realmente se trabaja. Por eso, la fe se cultiva mejor desde la cumbre, donde no llega el ruido de la fábrica.
Hasta aquí tendríamos una colección de excentricidades de gente con demasiado dinero y poca supervisión. El cruce con la teoría es lo que convierte la anécdota en síntoma. Wired en Español habla sobre el nuevo libro de Yanis Varoufakis, que sostiene que el capitalismo ya ha mutado en tecnofeudalismo. El capital ya no organiza el trabajo a través de la tierra y la fábrica, sino mediante asistentes virtuales y algoritmos que extraen renta. Y aquí la palabra clave es renta, no beneficio. Cuando reseñé su ensayo me quedé con una frase que lo resume bastante bien. «La diferencia entre renta y beneficio no es aritmética, es política.» El beneficio compite. La renta, no. El señor feudal cobraba al campesino por labrar una tierra que nunca sería suya, lloviera o tronara.
Leídas juntas, estas piezas describen menos una tecnología que una cosmovisión. Porque el transhumanismo y la renta no son dos historias separadas. Son la misma. La promesa de trascendencia funciona como el cielo de cualquier religión clásica, como el horizonte luminoso que justifica el sacrificio presente. Mientras miramos las estrellas que nos prometen, no miramos el diezmo que pagamos. Y el diezmo es bien terrenal. Cada foto, cada reseña, cada interacción que entregamos alimenta un capital en la nube que pertenece a otros. Varoufakis lo llama ser siervos. «Trabajo no remunerado que reproduce el capital en la nube de las Big Tech.» Creemos que somos usuarios. y resulta que somos la cadena de montaje, y encima entusiasta.
Pero una cosmovisión no se sostiene solo desde arriba. Necesita feligreses. Y los feligreses, esta vez, dan señales de cansancio. El propio artículo de TechCrunch lo refleja bien. Crecen las instalaciones de buscadores que presumen de no llevar IA, los estudiantes abuchean cuando se menciona la palabra IA, hay un hartazgo que no figura en ningún plan de negocio. Es decir, algunas personas empiezan a sospechar del sermón. No porque entiendan la teoría de Varoufakis, sino porque intuyen, sin leerla, quién está cobrando la renta y a costa de qué.
El debate público se nos cuela disfrazado de prestaciones técnicas, de tokens y latencia, cuando en el fondo se juega en el terreno de las creencias y del poder. Por eso conviene desconfiar de quien te vende el cielo, sobre todo cuando es el mismo que pasa la bandeja de la colecta. La pregunta , por lo tanto, no es si la IA será consciente algún día ni si conquistaremos las estrellas. Es mucho más vieja y mucho más útil. ¿Quién oficia, quién obedece, y quién se queda con el diezmo?



fantástico artículo.
Yihad Bluteriana!
Este número debería ser curricula en las escuelas.